Siempre he creido en el propio protagonismo de las ciudades grandes. No sé, en realidad quizá sea una idea romanticamente idealizada y arraigada dentro de mí por las secuelas que han dejado los intentos de redescubrir mi ciudad natal, en fín, no voy a hacer méritos ajenos pero en ésta ciudad, una ciudad que a pesar de su corto tiempo de vida ha sido un emergente nido de desarrollo de todo índole, quizá me desvíe un poco, pero es obvio el desarrollo del turismo, de la vida nocturna, del derroche de divisas y y servicios, aquí todo se vende o por lo menos se comercializa.
Ciudad de méritos propios diría yo, deliciosa existencia a nivel del mar, mar turqueza, cielo del mismo tono, pareciera que el mar y el cielo simplemente son un mismo plano, eso lo hace ínico. Inherente características que la hacen la ciudad paraíso efímero, etéreo. Es una ciudad que da sociego al intranquilo y acuchilla al desprevinido, es una ciudad deliciosamente hipócrita, una ciudad rica en bienes y desarrollo pero pobre como la gente que la mantiene, sucia de las entrañas y hermosa de la epidermis, necesitada de atención, afortunada por el hecho ya de exitir, desafortunada por lo que se ha convertido, sus habitantes hirientes, malditos por un hechizo de no sonreir, por pretenciones vanales, tontas y pobres de existencia lírica, no hay concordancia con sus pertenencias y sus delirios…..
Ésta es la ciudad de Cancún, fluida, rica, maravillosa por los edenes del corredor turistico, de la zona hotelera, de las “artesanias” (jaja) vendidas, de sus mas fieles visitantes, pero podrida en sus entrañas, en su gente lastimada que mantiene con sus manos casi casi leteral a toda una raza de pagadores por servicios.
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